29 de novembre 2013

Diario de Berlín. 1934-1941, de William Shirer

Lloret de Mar, España, 11 de enero de 1934.

Se nos ha acabado el dinero. Pasado mañana tengo que volver al trabajo. No habíamos pensado mucho en ello. Llegó un cablegrama. Una oferta, una mala oferta de la oficina de París del Herald. Pero servirá para mantener alejado el espectro de la miseria hasta que pueda conseguir algo mejor.

Así concluye el mejor año, el más feliz que hemos vivido, y el más tranquilo también. Ha sido un año de vacaciones, nuestro año sabático, que hemos pasado en este pueblecito pesquero español exactamente como lo soñamos y planeamos, maravillosamente independientes del resto del mundo, de sucesos, gente, jefes, editores, directores, parientes y amigos. No podía durar eternamente… No lo habríamos querido, aunque si los mil dólares que teníamos ahorrados para él no se hubieran visto reducidos de pronto a seiscientos por la caída del dólar, tal vez hubiéramos podido prolongarlo hasta que apareciera un trabajo mejor.

 Pienso que fue una buena oportunidad para tomar un descanso. He recobrado la salud que perdí en la India y Afganistán en 1930-1931 a causa de la malaria y la disentería. Me he recuperado de las consecuencias que me provocó mi accidente de esquí en los Alpes en la primavera de 1932, que durante algún tiempo me amenazó con una ceguera completa, pero que, felizmente, al final solo me privó de la visión de un ojo.



Dimos con Lloret de Mar durante una excursión por la costa del norte de Barcelona. Estaba a unos ocho kilómetros de la línea del ferrocarril, asentada en la media luna de una amplia playa de arena al pie de las estribaciones de los Pirineos. A mi esposa Tess le encantó al instante, y a mí también. Encontramos una casa amueblada en la playa: tres plantas, diez habitaciones, dos baños y calefacción. Cuando el propietario nos dijo que el alquiler sería de quince dólares mensuales, le pagamos un año por adelantado. Nuestros gastos, incluido el alquiler, han ascendido por término medio a unos 60 dólares al mes.

 ¿Qué hemos hecho en los últimos doce meses? No gran cosa. Nada que pueda considerarse notable. De abril a Navidad, hemos salido a nadar cuatro o cinco veces al día. Hemos ido de excursión por las montañas más accesibles que bajan desde los Pirineos hacia el pueblo y el mar a través de un millar de huertos de olivos, un centenar de alcornocales y las frescas y encaladas paredes de las casad de los campesinos, posponiendo para mañana y para siempre la ascensión que planeábamos hacer a las cumbres cubiertas de nieve tardía en primavera y temprana en otoño. Hemos leído algunos de los libros para los que nunca tuve tiempo en los días en que había que enviar un cable todas las noches y éramos trasladados de una capital a otra: de París y Londres a Delhi.

Han venido a visitarnos y se han alojado en nuestra casa unos cuantos amigos: Jay Allen, Russell y Pat Strauss, así como Luis Quintanilla, que es uno de los pintores jóvenes españoles más prometedores y un republicano apasionado, además. Andrés Segovia vivía en la casa de al lado y solía venir por las noches a charlar o interpretar con su guitarra música de Bach o Albéniz.

Este año hemos tenido tiempo de conocernos el uno al otro, de holgazanear y jugar, de disfrutar del vino y la comida, de asistir a corridas de toros y visitar el chabacano Barrio Chino de Barcelona; tiempo para empaparnos de los colores, del verde oliva de las colinas y de los incomparables azules del Mediterráneo.

Ha sido un buen año. …

EL LLIBRE:
“DIARIO DE BERLÍN 1934-1941” DE WILLIAM SHIRER. PUBLICAT PER EDITORIAL DEBOLSILLO L’ANY 2011